Por un puñado de votos
Oficiosamente estamos en campaña electoral, aunque la verdadera campaña comenzará de aquí a unas pocas semanas.
Los días de campaña electoral son ese tiempo en el que los candidatos electos se acuerdan de nosotros (sí bien algunos nos acordamos de ellos todos los días), nos regalan flores, bolígrafos y demás baratijas. Nos prometen “el oro y el moro”, nos deslumbran con programas que más tarde incumplirán y sobretodo nos regalan su mejor sonrisa. Pero, ¿por qué sonríen estos señores?; ¿por el nivel de desempleo en que se encuentra sumido el país?, ¿sonríen por la quiebra del sistema financiero, o tal vez por el peligro que corre el estado del bienestar?’, ¿sonríen porque creen tener el remedio a todos los males?, ¿sonríen porque creen que nos lo estamos tragando todo, o bien sonríen porque unos se las prometen muy felices y otros no tanto?
Resulta indígnate asomarse a los informativos estos días y ver esas caras de felicidad en los mítines, el ondear de banderas, el jaleo y ánimo al líder, las visitas a los mercados municipales de las ciudades, a empresas, a instituciones, todo esto lo encuentro bastante bochornoso.
Verán, tengo una oficina del INEM cerca de mi domicilio, en la que yo mismo estoy inscrito. Desde las horas más tempranas de la madrugada ya hay gente apostada en la puerta a la espera de la apertura. Pienso entonces que el contraste entre las miradas, gestos de preocupación, incertidumbre por lo que acontecerá el futuro y los festejos en los mítines de los señores que aspiran a representarnos es notable. No hay noticia de la visita de ningún candidato a estas colas del paro, saben que allí su discurso no sería tan creíble.
Así respira nuestra clase política que ha hecho suyo el lema revolucionario francés: “Todo para el pueblo pero sin el pueblo”.

